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Pueblo de Piedra

Autor: E Adair Z V

Fb: @EAdairZV

Twitter: @adairzv

a la Banda Chapinguera,

a la UACh

– Así es. Cuando se nos fue el muchacho, ya sabíamos que no se iba a volver pa’la casa. Acá no tiene nada a que volver. ¿Pa’ qué? Si viera todo lo que nos costó que se pudiera ir, el esfuerzo de juntar los pesitos de los camiones, de que estuviera a tiempo para el examen, desayunadote allá en la ciudad capital. ¡No, si allá está bien! ¡Ya lo sabe el escuincle! ¡Por la Cruz, mire, ese no regresa! Lo bueno es que tiene estrella que lo cuide al muchacho. Ha de ser porque su madrina es devota de los Santos y siempre les lleva sus veladoras en las procesiones del pueblo, toda envuelta en plegarias. De buenas se quedó en la escuela esa a la quería irse. Apareció ahí su nombre en la lista del periódico, pero fue como si nomas estuviera él, como si su sólo nombre llenara toda la página. Hasta viajo un día para amanecerse allá y comprar el mentado diario y que no se fueran a acabar. Hubiera visto usted al niño con el periódico doblado bajo el brazo casi una semana, como si no se lo creyera. Tan orgulloso cuando le preguntaban sus primos si era cierto que se iba del pueblo. Y así era. Yo no le dije nada, no había derecho, para mí no era esa suerte. Es cosa pa’ él, nomas. En estas tierras, si se le da permiso, el diablo te juega chueco. ¿Qué tal que no lo volviera a hallar su nombre en el papel, borrado sin ninguna explicación?, ¿Entonces que hubiéramos hecho? Cosas así le arruinan a uno todos los días que le sobran, amargan el corazón. Y si no me cree, pregúntele a cualquiera que pase. En pueblo como éste es así. Salud.

– Pero el esfuerzo es suyo, hay que decirlo derecho. Llegando de la faena agarraba nuevamente monte con todo y libros, aunque fuera tarde. Andaba por allá rezando quién sabe qué tanta cosa, asustando a las cornejas. Por suerte el pueblo es tranquilo y todos se conocen, así que le echaban ojo al crío cuando se regresaba de noche. Le digo que tiene buena estrella. Quién sabe qué tanto le habrá sufrido allá a solas con el cerro, la ciencia y Dios. Eso pregúnteselo a él. De mi parte no le echo mentiras. Por eso tengo que confesarme con usted. No es que uno sea desconfiado de su propia carne, pero hay que decirlo también como se le ocurre a uno, derecho pues: me apenaba mucho verlo así todos los días casi sabiendo que no iba a servirle para nada tanta desvelada. Si el escuincle no es tonto, no se confunda, pero nuestra vida es así. La vida acá es muy simple. Se nace de la tierra, se trabaja en la tierra, y se espera que la tierra lo cubra a uno. Si se sueña mucho se puede morir durmiendo. Hay que buscarse una buena mujer, buena para los hijos y obediente, y saber cómo se agarran las herramientas. También hay que saber leer las nubes y conocer los granos que dan buena cosecha. Acá no falta la comida, por más humilde que le pueda parecer. Eso es lo que importa. Por eso no me disculpo de haber pensado que no se le iba a cumplir su sueño. Es la costumbre. Ya se le puede hablar como a un machito, y lo sabrá cuando no le preocupe la hambre. Eso me decía mi abuelo, montado en la yegua: para ser hombre no se debe tener el estómago hueco. Y a veces el hambre no viene del estómago.

– La que más le lloró fue la Jacinta, la chiquita. Con lo que adora a su hermano. Si le digo que se le colgaba a las ropas no es exageración. La arrastraba por toda la cocina, chille y chille como si fuera su cría. Tan desconsolada la pobre. Como aún es muy joven no piensa en cosas de mujeres, se la pasa cuidando de los animalito del patio, pendiente de lo que hacen sus hermanos. Ella es la que más fuerte sintió el chingadazo cuando todos supimos que se iba pa’l Centro, a estudiar la ciencia. Nomas peló los ojos. Se arrimaba a las esquinas para que no le viéramos la cara llena de lágrimas. Lo quiere mucho. Ella es la única que cree que se va a volver cuando acabe sus estudios. Incluso reza para que le vaya bien de camino acá. Los demás la escuchamos sin decirle nada. ¿Pa’ qué? Esa es su ilusión. La mantiene entretenida en estas tierras sin nada más que piedras y trabajo. Algún día encontrará hombre y se le ira olvidando. En la de mientras se pasea por el camino recogiendo piedritas para aventarle a los cuervos. Le sufrió más que su propia madre; si la hubiera visto usted. A mí no me dicen nada de eso porque soy hombre, pero clarito me doy cuenta de todo.

– Permita que le dé otro trago al mezcal que se me mete la tierra en la boca. Le digo que así es como termina uno, con tierra por dentro y fuera, pura tierra, la misma de los zapatos y de las raíces. Le decía que mi mujer tiene un carácter fuerte, muy brioso. Es callada, trabajadora, y por eso parece que no hace nada. Pero hay que tenerle cuidado. De repente se le prende la mirada con una idea y ya no la suelta. Eso sí, el coraje le dura mucho tiempo. Y es lo mismo con sus convicciones. Yo sé que se me moría en los brazos cuando el mentado escuincle le llegó con la noticia de que se iba de la casa, pero verá usted como son las mujeres, que no le dijo nada. Asintió con la mirada y se fue pa’la cocina diciendo: háblale a tus hermanos, vamos a merendar. Esa vez yo me sentía liviano, liviano, como si no estuviera yo ahí o cuando uno se levanta de golpe. Todos la veíamos atizando los leños de la cocina como si fuera cualquier día, golpeando las cazuelas con las cucharas de madera, ignorando hasta las llamas que le acariciaban las endurecidas manos, y le sacamos a decir cualquier frase. Mejor nos metíamos el taco de frijoles de un sólo bocado a la trompa. No se nos fuera a venir encima la casa por andar de lenguas sueltas. Con todo el amor que tenía en su pecho le dio la bendición de la cruz con sus manos de santa, le ajusto el rosario de su propia madre al cuello del escuincle, y lo dejo ir. Saque usted sus conclusiones si gusta. Salud.

– Mire usted, le dije que sólo le iba a pegar un trago y ya va la botella a la mitad. Se va a tener que ajustar con mi mujer, y no diga que no le advertí que no es cosa sencilla. La verdad es que el día ha estado muy bueno para pegar trago, tranquilo y calientito, sin vientos. No ha sido cosa mía sino de usted que vino haciendo preguntas. Acá siempre hace mucho calor porque está muy seco. La tierra esta apretada y polvorienta. Dicen los padres de nuestros padres que el hombre está hecho de lodo, del mismo lodo que se hace en las manos cuando llueve. Pero aquí nos falta el agua. No, los hombres de este pueblo están hechos de polvo, del mismo que se le ha pegado a las botas. Hasta los huesos son de ese polvo gris, como si tuviera la ceniza de todas las tortillas que han echado las mujeres desde siempre; se aplasta tanto que se hace duro, por eso los hombres de aquí tienen la carne agarrada como el tepetate, como de piedra. La vida no nos ha sonreído pero eso no nos amarga. Para eso se crearon las canciones que se sabe mi mujer y el aguardiente. Los críos son una alegría pasajera. Con la intempestividad que lloran al nacer es con la que se marchan a hacer sus vidas. Eso lo saben todos los que juntan familia. Es ley de Dios.

– Le decía que el chamaco ha estado fuera poco más de tres años. Es muy pesado venir para acá porque el camino está lleno de piedras y se cierran los pasos por el culebrear de la sierra. Por eso entiendo que cada vez se dilatan más sus visitas. El mundo que hay allá afuera nos es ajeno a nosotros y a nuestras piedras. Hasta la iglesia está fundada sobre las rocas de esta tierra, labrada sobre ellas. El eco de las palabras del señor cura se impregna de esa soledad cuando sale a darles la bendición a los niños del catecismo todas las mañanas. Eso es lo que tenemos, nuestras tradiciones. Las piedras están hasta en el nombre del pueblo, Pueblo de Piedra. Ni el Santísimo Rey de los Cielos puede escapar de este sitio, clavado el pobre en su cruz de palo de rosa. Por eso me da gusto que el chamaco se haya largado. Dice su madrina que desde pequeño se le veía en las pupilas que no iba a ser enterrado bajo de estas piedras que le escucharon llorar por primera vez. Yo no entiendo de lo que le dice a mi mujer, así que me salgo a fumar a dónde están las gallinas. En los ojos se ve puro cansancio. Eso es lo que sé yo.

– Así es con esto de los chamacos. Se aprende mucho aunque se hable poco. Mi padre cruzó muy poca palabra conmigo, así como mi abuelo lo hizo con él. No hay que hablar demás. Lo que se dice tiene que ser importante. No hay que desperdiciar el aliento. A las mujeres les sobra el aire en los pulmones, pero eso es porque no andan trabajando las tierras de los cerros de allá, los más lejanos. El trabajo de estas tierras no le ámpula a uno las manos, le ámpula la lengua por la resequedad y las sales. Los hombres se comunican con gestos. Nos conocemos entre todos, de modo que no tenemos mucho de qué hablar. Y los críos lo entienden pronto. Así es con esto de los chamacos. Salud. Cuando llego a cenar, me gusta la voz de mi mujer. Ella habla lo que yo no digo. Me conoce tanto que me lee las arrugas del rostro. Le decía que los chamacos siempre se traen algo entre manos. Uno lo reconoce hasta por la manera en que caminan para apartarse de la vereda. Cuando se es tan joven se siente uno muy cabrón, y cree que puede engañar a los viejitos. Pero uno aprende con el tiempo, cambia la dirección del camino y ya se viene de regreso. Si el licor no te mata te vuelve más sabio. Eso me lo dijo mi padre. Los jóvenes no se pueden quedar quietos o sienten que se les escapa el alma de perderse cualquier cosa. La inquietud les corre por la sangre como el cauce de un río. Sepa usted a dónde va uno a sacar esas ocurrencias de escuincle que se le dan a uno. Aparecen de pronto en la cabeza y ya no se les puede sacar. Mire usted al mayorcito, al que está trabajando por allá. No descansó hasta que no se llevó a la que ahora es su esposa pa’l monte con él. Ya después estaba dispuesto a entregarse quesque por amor para arreglar las cosas con su suegro. Sólo Dios sabe por qué no le metieron un balazo en el monte. Ahora tiene sus chamacos propios. Y que me perdone mi madre pero ya está pagando todas las que me debía.

– Cuando la noche es demasiado larga se escucha el ruido de los animales del campo. Suena como si uno los tuviera en los oídos. Entonces me pongo a platicar con mi mujer. No sé qué es lo que tiene la noche para hacer que las pláticas de alcoba sean más honestas. Nada se interpone entre lo que ambos queremos decir. Cuando ella supo que su hijo estaba decidido a marcharse no le quedó más remedio que apoyarlo para que lo hiciera. Organizó su ropa y le preparó la comida del viaje. Todo lo llevó a la sacristía del pueblo a que se lo bendijera el señor cura, incluyendo unos listones de colores que bordó por dentro a sus trapos. Yo escuché lo que no pudo decirle a su cría. Por eso no se me olvida. Tenía miedo de que si se mostraba débil el niño se iba a rajar, y que la yunta del arado lo estrangularía. Tenía miedo de que dentro de algunos años se levantara y fuera al cerro a recoger leña y decidiera colgarse en el primer árbol que no dejara que se hendiera en el filo del hacha, como le paso a uno de los primos de mi mujer. Acá esa clase de cosas ocurre seguido. La gente sale a cierta hora y regresa siendo una persona distinta. Las madres primerizas corretean a sus niños para que no se les salgan del corral, no les vaya a pasar una desgracia. Uno nunca sabe a dónde pueden llevar los empedrados del pueblo. Una vez vinieron hombres del gobierno a revisar la tenencia de la tierra, y aprovecharon para pegar papeles en la comisaria ejidal. El escuincle estudiaba la secundaría en un poblado cercano como a una hora y media de viaje. Yo creo que fue en esos papeles que dejaron que leyó sobre esa escuela. No puedo saberlo, a mí no me tocó que me enseñaran eso de las letras, y que jamás le pregunte. Le digo que estas calles lo esperan a uno para cambiarlo.

– El niño ya no es el mismo. La ciudad lo ha cambiado. Su madre me lo ha dicho: mi hijo está como diferente. Pero no importa, nos gusta que esté con nosotros de visita. Algunas cosas que solía hacer de chico parece que se le han olvidado. No se acuerda que nosotros si lo conocimos desde antes, y que siempre va a ser el mismito cuando llegue a su casa. Nos cuenta de los sitios a donde ha viajado y de las personas que ha conocido. Parecen buenos pensamientos. Yo lo escucho con atención pero la verdad no le agarro el hilo de muchas de sus historias; habla de tantas cosas y tan rápido que no sé cómo le alcanza la cabeza para todo. Cuando habla del trabajo de la tierra eso si lo entiendo, yo me crié desde morrito trabajando el campo, pero se le olvida que allá en su escuela no es como acá, que nosotros no sabemos nada de lo que dicen que hay que hacer. A nosotros nadie nos ha venido a enseñar. De la manera en que lo aprendieron los mayores, así también aprendimos el oficio nosotros. Si uno no trabaja la tierra no tiene nada para llenar la panza. Entonces uno es un vago, y se va muriendo pidiendo limosna. Eso es lo que siempre hemos sabido acá, y es lo que mantiene vivo el pueblo. A lo mejor allá afuera es diferente, lo bueno es que nos queda lejos.

– El chamaco ya está haciendo su vida por allá. Imagínese, solo, no hay quién lo gobierne; fuera yo andaría tras las muchachonas, baile y baile, lejos de esta tristeza. Hasta le dan su dinerito para que estudie la ciencia. Todo fuera tan fácil, pues. Un día de estos se va a encontrar una buena chica, se va a juntar con sus amigos, y poco a poco el polvo que aún tiene dentro del alma se le va a ir cayendo. Así es la vida. Por eso le agradezco a su madrina que le rece tanto al chamaco, y que le pida a Dios que no lo deje volver. Es mejor que se pierda en ese mundo de allá a que regrese a este sitio. Que me castigue el cielo si estoy echando habladas. Acá debería haber puro viejo como mi mujer y yo, que hablamos de lo mismo y vivimos lo mismo. Trabajaríamos y comeríamos como lo hacemos siempre, visitándonos con humildad y yendo a misa; nada de esas modas gringas que traen los chavos del otro lado. Sólo nosotros. Luego uno a uno nos iríamos enterrando. Y el último agarraría camino pa’l monte con un mecate. Los muchachos no tienen la culpa de que nosotros nos hayamos quedado en esta tierra dura. No se me asuste, son cosas que piensan los viejos de este pueblo. Pensar es lo que más se hace de viejo cuando se escucha la voz de la muerte en la garganta de los coyotes.

– Los jóvenes no quieren quedarse a trabajar el campo, dicen que sólo hay puro tepetate bajo las rocas. Dicen que así no se puede vivir, que no es justo. Yo hablo del hijo que conozco, el mío. Si quiere saber lo que piensan los demás vaya a preguntarles. La mayoría ya estamos acabados, se nos ha ido percudiendo la vida con el inclemente sol. Este pueblo es un refugio para ancianos, mujeres, y para perros flacos que cazan lagartijas más flacas todavía. Los demás se han ido a trabajar fuera. Muchos regresan porque no pueden irse. No lo saben bien, pero el polvo de estas calles les va guiando los pasos. Lo seguirán haciendo hasta que se cansen de volver, entonces ya estarán viejos como mi mujer y yo. Hasta la muerte sabe que así ocurre con nosotros. Por eso no tiene prisa en salir a alcanzarnos, sabe que vamos a volver lo andado. El que se fue es distinto, como decía su madrina. A él la muerte lo espera en otro lugar. Eso me da mucho gusto. No piense que soy desagradecido con nuestros padres, o con lo que me ha permitido tener la Providencia, pero ese chamaco es muy listo para terminar como yo. Me da orgullo que sea mi hijo, y que estudie la ciencia, y que sepa por qué la naturaleza es tan caprichuda en cada creatura y monte que hay en ella. Pero que no se vuelva aquí. Él ya no tiene nada en este pueblo. Ni su hermana, ni su madre, ni yo. ¡Que ni se le ocurra regresarse! Tanto esfuerzo para nada. Lo bueno es que ya lo sabe. Ya es un hombrecito, ha vivido mundo. No va a regresarse a las faldas de su madre a buscar cariño. Para eso están las muchachitas. Si uno se junta mucho con los que ya les ha pasado su tiempo se le pega la resignación y la cobardía. Por eso cuando viene en las vacaciones lo pongo a sufrir en la tierra. Hago oídos sordos a las quejas de su madre. Lo hago por su bien del escuincle, para que no le queden ganas de regresarse a la casa, al pueblo. ¡Que odie al pueblo, que me odie a mí, pero que no se vuelva pa’cá!

– Se nos va haciendo tarde. A mí mi mujer me espera con unas ricas habas. Ande, llévese una piedra de mi parcela de recuerdo. No vaya a ser que en vez de que usted se quede con un pedazo de este pueblo, sea la tierra que está debajo la que se quede con un pedazo de usted. El que se ha ido no va a volver. Eso siempre lo he sabido. Y me alegra. Una vez me dijo que nos extrañaba y que se iba a regresar sin terminar de estudiar apenas le dieran las vacaciones. Eso fue a los seis u ocho meses de que lo lleváramos hasta la ciudad. Cuando fui por él a la central del pueblo más cercano al que llegan los camiones de la capital luego luego de bajarse le di la mano y después una cachetada. Le dije que venía a trabajar la tierra y que luego se regresaba a seguir aprendiendo ciencia. No dijo nada. Yo creo que entendió lo que las palabras no estaban diciendo. Me dio mucha rabia que no viera llorar a su madre cuando se fue. Vera usted, así como todas las piedras que usted alcanza a ver sobre este campo medio muerto son casi iguales, así lo son los todos los demás pueblos; no hace falta visitarlos uno a uno. Le digo que es un chico brillante mi hijo. Quizás él también vaya un día a un pueblo como éste y platique con un viejo como yo. Y perdone que se lo diga, pero con una camioneta mejor que la suya. Entonces me absolverá todo, como si fueran pecados.

– Usted se va, nosotros nos quedamos. Cada día que amanece sabemos lo que hay que hacer: qué surco labrar, qué árboles pelar, cuándo afilar el azadón, todo. Después merendamos en el fresco, y charlamos. Recordamos en la noche, una vez que los grillos no nos dejan escuchar los pensamientos de los demás. Usted se va a marchar por la calle que lo trajo, arriba de su troka, y se va a olvidar de que estuvo aquí, y de mí. El polvo del pueblo se le va a caer de la cabeza como a mi hijo. Espero que tenga todos los datos que necesita para su trabajo. La piedra es para que no se olvide de mi niño. De lo demás no entiendo mucho. Los números aquí sirven para llevar cuenta de los días y de los precios del maíz, nomas. Ya sabe cómo trabajamos y cómo vivimos. Y ahora también conoce la historia de mi chamaco. Sus cosas modernas no se han usado por nadie que yo conozca. El que habla como usted lo hace es mi hijo, desde que se fue a la ciudad a estudiar. Ya ha de saber mucho, pero no importa. Acá no es algo que valga. Tampoco entiendo mucho lo que él dice. Qué revoluciones ni que progreso ni que modernidad. Sino no hay caminos para traer las máquinas ni dinero para comprar los químicos. Aquí el trabajo y la gente siempre han sido lo mismo. Eso es una tradición. Como la piedra tallada, sólo el tiempo nos desgasta. Y para nosotros no hay relojes que guarden tantas generaciones de padres e hijos que han habitado este lugar. Lo que sé lo he aprendido labrando estos surcos. Eso les enseñé a mis hijos. Cuando la tradición se rompa nadie va andar arando estas llanuras malagradecidas. El pueblo se va a vaciar. Será una cosa muerta. No va a ser muy distinto de cómo es ahora cuando ya no esté nadie. Más callado, más polvoso, más lento. Primero uno de mis hijos, luego los hijos de sus hermanos. La más chica no quiere que sus hijos nazcan en este lugar, dice que también va a estudiar; quiere que sean como su hermano. Yo no digo nada para que no se quieran estarse por cuidarnos. Nos quedaremos mi mujer y yo, a solas con las cruces de nuestras tumbas mirando pa’l monte donde nos conocimos.

Todavía me queda un trago de mezcal. Salud pues, señor Ingeniero.

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